
Cada 22 de mayo el mundo se detiene —aunque sea por un momento— a reconocer algo que la rutina hace fácil olvidar: el planeta que habitamos es extraordinariamente vivo. Millones de especies, ecosistemas entrelazados y equilibrios que tardaron millones de años en formarse sostienen, silenciosamente, todo lo que los seres humanos construimos sobre él.
Ese es el espíritu del Día Internacional de la Diversidad Biológica, una fecha proclamada por las Naciones Unidas que en 2026 cumple más de tres décadas de vigencia y que, lejos de perder relevancia, la gana con cada año que pasa.
En Ingetierras lo celebramos con convicción. No como un gesto simbólico, sino como un recordatorio de que trabajar sobre la tierra implica una responsabilidad profunda con todo lo que vive en ella.
La diversidad biológica —o biodiversidad— es la variedad de vida en la Tierra en todas sus formas y niveles: desde los microorganismos del suelo hasta las grandes especies de fauna, desde los ecosistemas de páramo hasta los bosques húmedos tropicales.
Los científicos la estudian en tres dimensiones:
Las tres dimensiones están conectadas. Perder una especie no es solo perder un ser vivo: es perder millones de años de evolución, relaciones ecológicas únicas y, en muchos casos, servicios que la naturaleza prestaba sin cobrar nada: purificación del agua, polinización, regulación del clima, estabilización del suelo.
El Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) fue adoptado en la Cumbre de la Tierra de Río de Janeiro en 1992, un hito histórico en el que Colombia jugó un papel protagónico. Ese tratado internacional, firmado por 196 países, reconoció por primera vez que la pérdida de biodiversidad es una amenaza global comparable al cambio climático.
La fecha del 22 de mayo fue elegida en honor al día en que entró en vigor el convenio, en 1993. Desde entonces, la ONU la conmemora anualmente con un tema distinto que orienta la reflexión global.
En 2024, Colombia fue sede de la COP16 en Cali —la Conferencia de las Partes del CDB—, el evento de biodiversidad más importante del mundo, reforzando el liderazgo del país en esta agenda global.
Los datos son contundentes y provienen directamente de organismos científicos internacionales:
Estas cifras no son alarmismo. Son el diagnóstico de un planeta que pide a gritos que cambiemos la forma en que interactuamos con él.
Hablar de biodiversidad desde Colombia no es hablar de un problema lejano. Es hablar de casa.
Nuestro país es uno de los 17 países megadiversos del planeta, un grupo selecto que en conjunto alberga más del 70% de la biodiversidad mundial. Colombia ocupa el primer lugar global en diversidad de aves (con más de 1.900 especies registradas), el segundo en plantas y anfibios, y el tercero en reptiles.
En total, Colombia alberga cerca del 10% de la biodiversidad del planeta en apenas el 0,7% de la superficie terrestre mundial. Es una proporción que no tiene paralelo.
Pero este privilegio viene acompañado de una responsabilidad enorme. La deforestación, la expansión no planificada de infraestructura, el cambio en el uso del suelo y el tráfico de fauna silvestre siguen siendo presiones críticas sobre estos ecosistemas.
Para quienes trabajamos en el Oriente Antioqueño, la biodiversidad no es un concepto abstracto. Es el entorno inmediato de cada proyecto.
Esta subregión del departamento de Antioquia, bajo la jurisdicción de Cornare (Corporación Autónoma Regional de las Cuencas de los Ríos Negro y Nare), es uno de los territorios con mayor riqueza ecosistémica del país. Aquí convergen bosques montanos, humedales, páramos y zonas de vida que albergan una fauna excepcional:
Solo el Centro de Atención de Fauna Silvestre de Cornare recibe anualmente más de mil animales heridos o decomisados en la región, muchos de ellos víctimas de pérdida de hábitat o atropellamientos en vías.
Ese es el contexto ecológico en el que Ingetierras desarrolla su trabajo. Conocerlo no es opcional: es parte de nuestra responsabilidad profesional.
Existe una tensión histórica entre desarrollo de infraestructura y conservación ambiental. En muchos casos, esa tensión fue gestionada mal: se construyó sin preguntar, sin medir impactos, sin considerar lo que existía antes.
Hoy, la ingeniería responsable parte de una premisa diferente: el entorno no es un obstáculo para la obra — es parte del proyecto.
Esta filosofía se traduce en prácticas concretas:
Estudios de impacto ambiental rigurosos. Antes de intervenir un territorio, es necesario conocerlo. ¿Qué especies habitan ahí? ¿Hay corredores biológicos? ¿Cuáles son las épocas de reproducción que deben respetarse?
Diseño de obras con criterio ecológico. Desde el trazado de una vía hasta el manejo de aguas residuales en obra, cada decisión técnica tiene consecuencias sobre el ecosistema. Un buen diseño las anticipa.
Compensaciones y restauración. Cuando una intervención es inevitable, la responsabilidad continúa: reforestar con especies nativas, restaurar cauces, habilitar pasos de fauna. No se trata de “limpiar la conciencia”, sino de devolver lo que se toma.
Trabajo coordinado con las autoridades ambientales. En el Oriente Antioqueño, eso significa trabajar en consonancia con los lineamientos de Cornare y el Ministerio de Ambiente, no apenas cumplir los mínimos legales.
Cultura ambiental en los equipos de trabajo. El trabajador que detiene su labor porque vio un tigrillo cruzar, o que reporta un nido de aves durante una excavación, es parte de la solución. Esa conciencia se construye con formación, con liderazgo y con ejemplo.
La biodiversidad no se protege solo desde las grandes empresas o los gobiernos. También desde las decisiones cotidianas de cada persona:
En Ingetierras, el 22 de mayo no es solo una fecha en el calendario. Es una oportunidad para reafirmar lo que nos guía: que es posible construir con calidad, cumplir plazos, generar empleo y respetar profundamente la vida que habita el territorio donde trabajamos.
Construimos caminos. También los cuidamos.
Porque la verdadera calidad en ingeniería no se mide solo en resistencia del concreto o en metros lineales ejecutados. Se mide también en cuánto respetamos lo que encontramos antes de llegar, y en qué condiciones lo dejamos cuando terminamos.
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